Capítulo 2: Odín.
Odín paseaba por sus infinitos jardines pensando en todo lo que había ocurrido. A veces estaba cansado de que todos le felicitara o relatara la historia de cómo creo el mundo, había hecho mucho más que eso en su larga vida. No solo la creación del mundo con sus hermanos como compañeros de juego. Odín era orgulloso, eso nadie lo podía negar, pero también era algo más que su propio orgullo.
Miró desde la puerta el interior de Valaskjálf, el hermoso palacio que los dioses hicieron y techaron con plata pura. En el punto más alejado del salón, con una hermosa cristalera de mil colores tras de si, esta el Hliðskjálf, el trono desde el cual el padre de todos, ve los nueve mundos que componen el universo que Odín y sus hermanos crearon. Caminó lentamente hasta su trono y se sentó en el, lenta y pesadamente. Hacía tanto tiempo ya que estaba vigilando y controlando todo, no es que estuviera cansado, al fin y al cabo, ese era su destino, pero no podía negar nadie que era un guerrero, que su sangre hervía con la emoción de la caza y de la guerra. Posó su mirada en la nada y la dejó ahí mientras pensaba en todas sus acciones pasadas y en las futuras.
Capítulo 1: Loki.
Para él resultaba tedioso tener que oír una y otra vez la misma historia. Que fieros guerreros los hijos de Bor y Bestla, resoplaba entre dientes cada vez que volvía oír la historia de cómo Odín y sus hermanos crearon Midgard. Para él aquello no tenía ningún mérito, mataron a Ymir entre todos y usaron su cuerpo para crear el mundo. Sólo estaban en el momento justo en el lugar apropiado, pura suerte, solía decir. Él también hubiera podido usar la sangre para crear mares y ríos, el cerebro para las nubes, la carne para crear los árboles y plantas, dientes y huesos para las piedras y rocas. Y su cráneo para sostener el cielo. Solo había sido coincidencia y suerte de nacer ellos primero, de que su abuelo Bori fuera creado de un bloque de hielo que la vaca Audumbla lamió. Pura suerte, decía.
El Laberinto del Alma.
Caminaba hacia alguna parte, a veces, simplemente caminaba como si no buscara ninguna ruta concreta, solo caminaba. En cada paso se preguntaba donde había dejado toda aquella ilusión que una vez sintió, se preguntó porque nunca había aprovechado bien las oportunidades y porque ya no era feliz. Una vez, sintió la felicidad como nadie la había sentido, eso le hacía dibujar sus mejores sonrisas y salir cada mañana para crear ilusiones en su vida. Ahora, solo caminaba hacia algún lugar que ni él mismo conocía. Tenía la necesidad de caminar sin parar de un lado a otro como si las respuestas de su loca cabeza la guiaran por el camino correcto.
No te calles…
Había pasado mucho tiempo desde aquel día, ese fatídico día que todo había cambiado como si nada de lo ocurrido con anterioridad importara. Repasaba todos los acontecimientos frente a un vaso de whisky con hielo y saboreaba la decepción con cada trago. No había gozado de la suerte, ni de la fortuna, ni del amor; todo aquello parecía estar vetado para los hombres como él, pero ¿cómo era él? Siempre había pensado que era un tío tirando a normal, vale, algo soñador, muchas mujeres le habían tachado de romántico empedernido, pero él sabía la verdad, o al menos, creía saberla. Su verdad durante años había sido la de cualquier otra persona, la de encontrar a su media naranja, su pareja perfecta; era un negado en el amor y era un negado en las relaciones, esa era su realidad y su verdad ahora.
Me podría enamorar de ti…
Cuantas noches había dibujado príncipes en sus sueños, cuantas veces había creído verlos y cuantas veces se habían desteñido delante de sus ojos. Siempre había imaginado que el día que diría esas palabras, sería al príncipe azul que venia a buscarla a lomos de un corcel blanco, pero cuan equivocaba estaba. Fue la noche la que urdió los planes del encuentro y la misma luna la que hizo de guía. Se encontró vestida con su coraza perfecta, donde nada ni nadie entraba, en un lugar nuevo, riendo y soñando con alguien que jamás creyó conocer. Y con cada segundo a su lado, sentía como su coraza se desarmaba.
Los Ojos de Hielo.
Aquel invierno había sido demoledor para todo el mundo, el frío se había colado en los huesos de las personas como el sol se cuela por las rendijas de la persiana para despertar a la gente que aun duerme. Los pasos de las divagaciones, los pensamientos, los sentimientos se habían calado en la nieve invisible de las almas de los transeúntes, eran tan nítidas y claras para ella, las podía notar en la suya propia como sus propias huellas. No había un paso atrás para su largo y penoso camino, no había un solo margen de error para ella ni para su trabajo en el mundo de los mortales. Había nacido entre la astillada soledad y la sucia compañía de nadie, se había forjado poco a poco en ascuas candentes y frías esquirlas de hielo. Era la personificación de lo opuesto y lo igual, pero nadie la miraba ni le prestaba atención, así había sido su vida desde su nacimiento marcado con una estrella que nunca llegó a brillar. Dejó atrás el pasado y el presente y buscó un futuro a su medida que ni siquiera la satisfacía ni un solo segundo de su miserable existencia. Su rostro era el de la dualidad y sus ojos los del hielo más quebradizo.
La Rosa y la Eternidad.
Miraba fijamente a esa rosa a la que lentamente se le caían los pétalos, aquella a la que se encontraba atada por la cadena de la Eternidad. Ahogó un gemido de tristeza y entrecerrando sus ojos dejó que su mente volara. La recordó hermosa, imponente, con aquella espesa falda de pétalos cambiantes e intensos, a veces rojos como el fuego, ardiendo con la pasión de mil llamas, otras, negros como la noche más cerrada, pero tan luminosos como una congregación de billones de estrellas, y las otras, tímida, discreta, vestida de nieve, a veces, sus mejillas se encendían cuando la mirabas y se quedaba a medio camino entre el blanco puro y el rojo de ese fuego tan pasional que la llenaba.